Picci Fine Arts presenta:
Amoríos del marabú
Por Nelson Domínguez
agosto 20 - septiembre 20, 2026
Picci Fine Arts, Ciudad de México
Amoríos del marabú reúne una selección de obras del reconocido artista cubano Nelson Domínguez, Premio Nacional de Artes Plásticas, en las que la memoria personal y el imaginario cultural del Caribe se entrelazan. Tomando el marabú —planta invasora a la vez que recurso vital— como metáfora de identidad, resiliencia y supervivencia, la muestra explora tensiones entre la dureza de la tierra, la vida guajira y la espiritualidad afrocubana. A través de una paleta de tonos ocres contrastada con ráfagas cromáticas de gran intensidad y una constante experimentación con materias y texturas, Domínguez transforma sus vivencias de la infancia y las tradiciones rurales en un cosmos de trazo expresivo. La exposición invita a habitar un territorio donde los afanes cotidianos y los afectos se vuelven un emblema colectivo
Texto curatorial:
El marabú llegó al Caribe como un intruso. Procedente de África, fue traído como acompañante no autorizado a bordo de uno, y tantos, barcos negreros que a mediados del siglo XIX surcaron la ruta que conectó para siempre el Continente Madre con las Islas del Nuevo Mundo. Aquí encontró suelo fértil y echó raíces profundas, cubriendo campos enteros hasta ser considerado enemigo público número uno de la agricultura. Sin embargo, este arbusto, como tantos otros arrancados de cuajo de sus lugares de origen, ha trascendido su condición de plaga biológica para convertirse en una poderosa metáfora de identidad, resiliencia y resistencia cultural, que halla su correlato en la historia de supervivencia de los pueblos caribeños.
En Cuba, el marabú es planta invasora a la vez que recurso vital. De sus ramas se obtiene el carbón, combustible indispensable en tiempos de crisis energética, cuando cocinar con gas o electricidad se ha vuelto un lujo. Para un pueblo que ha tenido que aprender, por la fuerza “del destino”, a convertir los reveses en victorias, el marabú es cicatriz y sustento, sombra y fuego, bendición y tormento. Lo que invade y asfixia también puede sostener y alimentar. Esta dualidad ha marcado también la obra del reconocido artista cubano Nelson Domínguez, quien nació en 1947 en La Habana, pero creció en el extremo oriental del país, a la sombra de la Sierra Maestra, el mayor macizo montañoso de Cuba. Su infancia campesina lo vinculó con la dureza de la tierra y con la vida guajira, al tiempo que la llegada de la Revolución, en 1959, abrió para él la posibilidad de estudiar en las recién fundadas escuelas de arte y convertirse en artista, algo que para un niño montuno quedaría normalmente fuera de cualquier horizonte de expectativas.
Amoríos del Marabú, la exposición que Domínguez presenta hoy en Picci Fine Arts, muestra una parte significativa de este universo simbólico donde los afectos se entrelazan con los demonios de la crisis. Cada lienzo representa un espacio de tensiones, un diálogo entre lo íntimo y lo colectivo, lo poético y lo político, lo oscuro y lo luminoso. En este contexto, el marabú deja de ser un simple arbusto y se transforma en signo cultural, un amorío que persiste a pesar de la adversidad, como en aquellos viejos cantos campesinos del romancero guajiro que narraban amores truncos y nostalgias rurales.
Con una formación interdisciplinaria, que va desde la pintura y el grabado, hasta la cerámica y el trabajo con el vidrio, Nelson Domínguez ha llegado a entender el arte como un laboratorio abierto tanto a la perfección que nace de una técnica bien estudiada, como a la belleza inesperada que surge de la experimentación continua con medios y materiales. Forjado en el contacto directo con la materia, el artista no le concede nunca a la obra el estatus de acabada si no la ha explotado hasta el límite de sus posibilidades expresivas. Es por eso que ensaya una y otra vez con los mismos temas y escenas, superponiendo capa sobre capa hasta que la mancha inicial se convierte en una estructura semántica cuidadosamente construida, donde el gesto y la memoria se funden en una imagen lírica y de cariz hondamente expresivo.
En su poética sobre el arraigo Domínguez selecciona y revisa temas y secuencias relacionadas con su pasado; costumbres y anhelos que han pasado a formar parte de su peculiar forma de ver y percibir el mundo y a través de la cual le ha dado vida a un sinnúmero de personajes insólitos, llenos de magia y misterio. En su propósito de hallar los rasgos identificatorios de lo nacional, le da continuidad a las propuestas históricas de las primeras vanguardias del Arte Cubano, a la vez que se presenta como renovador de sus símbolos.La exposición, como la obra toda, invita a recorrer un territorio de contrastes. De un lado, obras como “Carnavales de Santiago”, con figuras vibrantes y colores intensos que evocan la energía de las fiestas populares. De otro, piezas como “El rapto de Cunamayagua bajo nube negra” revelan la profundidad crítica y simbólica de su lenguaje, donde mito y cotidianidad se unen en metáforas de resistencia. Inmersas en ese mundo de contradicciones, las obras emergen de las paredes blancas de la galería como brazas de carbón encendido. La fuerza telúrica de estas pinturas, dominadas por una paleta ocre, con leves toques de rojos, naranjas y amarillos, y un dibujo anguloso y de línea recortada, es confrontada con la luminosidad de las salas, potenciando una tensión entre espacio y materia que invita al espectador a explorar un lugar donde lo personal se mezcla con lo histórico.
Como escribió Samuel Feijóo en “El pájaro de las soledades”: ¡Garganta mía, tierra mía! Esa voz, transfigurada en imagen, es la que Domínguez nos entrega: un canto oscuro pero armonioso, un amorío con la memoria, con la tierra, con el marabú, y también con la fiesta, el juego y la comunidad. Su obra, con más de cinco décadas de trayectoria, reafirma su vigencia como uno de los grandes artistas de su generación, capaz de transformar escenas de la vida cotidiana en imágenes cargadas de resonancia simbólica, donde la experiencia personal y el imaginario cultural cubano dibujan un punto de encuentro en la contemporaneidad.
Lisset Alonso Compte
La Habana, agosto 2026

